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El sueño de un beso

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Me he encontrado en el cielo de la boca
un beso antiguo, tuyo, y el tropiezo
por el que mueren los amantes ávidos
de robarse los líquidos del cuerpo,
de entorpecerse la venida rápida
mutuamente, mordiendo el mismo anzuelo.

Te encontraba en el velo de la boca,
te encontrabas conmigo allí en el techo
hecho de ambos, sin luna y sin estrellas,
éramos luz bermeja de un recuerdo,
era el lenguaje de mi lengua trémula
apurando las mieles de tu verbo
que por dulces pensé que no eran malas,
que por buenas me hieren estos sueños.

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Billete de ida

Uno se va del sitio al que ha llegado
si olvida el retumbar de sus raíces.
Sólo regresa si sembró propósitos
que no se rompen
como promesas por seguir las charlas
que se festejan entre tantos brindis
y los abrazos de las despedidas.

Todo es igual de nuevo,
todo idénticamente diferente,
toda similitud será casual
cuando confundo viajes con las largas estancias
y unos meses derivan en años de trabajo.

Mañana habré sabido que partí
pero a veces no sé de qué lugar.
Permanezco en la cama
mirando el equipaje
y el billete de ida que me esperan.
Me pongo en movimiento.

Procrastinare

Esa palabra sabia y confortable
en la que se apoltronan los listos y los lacios
contempladores que terminan viendo
capítulos de sueños simulados
anhelando el futuro inalcanzable
a cambio de despilfarrar el tiempo.

¿Cómo luchar por ser tu propio dueño
o al menos, por pensar algunas veces,
si en la querencia mórbida de vidas postergadas
dejas de hacer por siempre lo pendiente?

En un mundo que mata por su tarifa plana
cualquier día es el óptimo placebo
y el mañana la excusa, el mal del que se muere.

Mi maestro

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Me cuentas los colores, me pintas los números.
Me enseñas la verdad, la esencia del instante.

Corres con pies de abuelo mientras gritas la vida,
y es que despegas endiablado y te caes,
lloras y te levantas.
Vuelven tus risas.

Corres diciéndome que en el suelo hay espejos
en el idioma mágico de las medias lenguas
indicándome el mármol y al mismo tiempo el cielo.

-Quisiera comérmelo si me escupe el puré,
si no obedece,
si me imita me mata.-

Hallas cosas en las esquinas que yo no veo,
las busco en tu mirada que se fija en la mía.
Me sonríes, mi sabio,
y en un segundo vuelve aparecer
otro plano distinto en otra esquina...
sigo sin encontrarlo.

Un minuto contigo es una vida,
aprendo desde cero el universo al que no llego.
Aunque te da lo mismo, mi poeta,
con toda la impaciencia de los locos
son las mañanas aventuras nuevas.

Mi recolector de sombras, luces y espejismos.

-Cuando crezcas, quiero seguir siendo tu pupilo si lo merezco,
si me lo gano-

No lo sé aún;
todavía podrías expulsarme

Veinte años después (Ya es suficiente)

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1

Se equivoca el alumno de primero
aparentando ser experto en apnea,
con quien supo cortar la soga amarrada al lastre
de unos pies de cemento:
regalo de los que no la quisieron mejor
pero sí demasiado.

Fue tu enésimo error,
sumergido en esta memoria inútil,
que sólo sirve para hacer buceo
extrayendo reliquias delicadas
como palabras que se descomponen
en un papel mojado cuando llueve.

La Atlántida agoniza en un campus universitario frente al mar.


2

Recuérdame cuando pases cerca del buzón
del color verde en armonía con el paisaje
de tus ojos vencidos por el rimel
-que nunca necesita la fresca juventud de una mirada fiera-
como verdes dos flechas que te alcanzan
justo en el pecho a veinte metros,
tuyo, expuesto al salir de las áulas,
más la tensión de los hoyuelos en tu sonrisa
abriéndose camino entre la gente.


3

¿Te llegaron las cartas?

Todas mis esperanzas por salvarme,
toda la ingenuidad que hablaba de ti cual diosa en los cómics de espadas.

Me sentí confundido,
y ahora sé que ll…

El invierno más largo

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La historia, corazón,
sólo es ver cómo cae la lluvia sobre mojado,
y hurgar en sus metáforas
es perseguir quimeras que no van a atrapar
porque a nadie le importa el nombre de tu amor
ni el llanto que describes al haberlo perdido
ni lo alegre que estés, ni tu pésimo día,
ni que al menos mantengamos la cordialidad.

Se engaña quien una promesa incumple,
como hago yo,
al ponerme la careta de normalidad
para decirte que olvides todo lo que he dicho,
que no pasará nada, que todo sigue igual.

Nos quedaremos sentados en el banco;
sirvo bien de pañuelo,
cuenta conmigo pero no me permitas dar consejos,
hazme callar
junto al ruido de amarres mecidos por el viento.

Enséñame a ser el testigo que no te conviene
-en el fondo del cuadro una sombra en el lienzo-
y asumir que la vida nos separa por siempre
muriendo así la duda en un quizás
o en un eterno invierno.

El Póker de los corazones rotos

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Nunca se le dieron bien los trucos ni contar,
se sumó a la partida por sentarse a tu mesa.

Es tuya la ventaja de las reinas,
Es tuya la dureza del diamante
pero no olvides que su origen viene del carbón,
y aunque juegues a ser una triste sota,
clavarás una pica por cada corazón
y negarás que tienes una más en la manga,
pero valen las trampas en el campo de tréboles
que no tienen porqué ir dando su buena suerte
si no son verdes
para el proyecto de escalera a medias
por la que trepas saltando los tramos ausentes.

Te delatan tus ojos de farol
pero al igual, así ganas,
y desplumas al jugador que al póker
pierde
teniendo los números que te hacen tanta falta.

No digas que fue un juego
si no has visto sus cartas
cuando sabes que en ti está su hándicap,
cuando sabes que eso no tiene mérito.

El siniestro crupier ya rompe la baraja.

El monstruo

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Ha llegado con los ojales rotos
que intentan sostener
unos días perfectos
en los que los detalles guardaban el sentido
de los gestos florales que se lucen en ferias,
que aguantaban el polvo
y manchas de oloroso vino
en los cuellos de su camisa nueva.

Se disculpa, lo intenta,
por todos los desplantes de torero asustado
por los suspiros fieles que le amaron
y que mantuvo ocultos
mientras muerde el albero
que en otro tiempo fue su escenario triunfal.

Es humano, lo intenta;
puede que sueñe, que al pedir perdón,
el matador se sienta perdonado
aunque el indulto nunca le devuelva
la inocencia perdida,
la locura infantil
que forma parte del primer pecado;
la frialdad del animal instintivo.

Es la justicia, ciega y desdentada,
porque da su estocada y su sentencia,
diente por diente, ojo por ojo
en cada corro que presume de su rigor
en el coso social
donde tantos opinan por el vicio
de no dudar de nada,
de no pensar en la primera piedra
y practicarle el descabello al monstruo.

Diálogo con la poesía

Me vierto en un caldero cuando no pides nada
porque siento más cierta tu anorexia
que la receta de palabras dulces
que enmascaran mis platos cuando saben amargos.

Al menos tú no pones en el fuego
los ingredientes que no probarás;
siempre fuiste capaz
de salir del mercado con las manos vacías,
siempre digna y famélica,
ignorando el exceso.

Perdonen la sonrisa

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No es que levite,
ni flote ingrávido y contento,
pero es que no sé que hacer hoy
con esta sonrisa
que me brota espontánea de la cara,
que me hace el mismo mimo en el espejo
si se ríe de mí
si yo sonrío.

Si la vivo
yo la absuelvo de la infelicidad
por los días que la mantuve presa.

Si alguien la culpa
porque hoy no esté en venta,
porque hoy no sea tan falsa
y sea de mal gusto mostrarla en una canción
ante el juicio de la poesía de la experiencia,
me permitan
les dirija a ver girar las ruedas
y algo aprendan de John.